El espacio imaginario y la soledad en
La lluvia
amarilla de Julio Llamazares
胡立歐‧亞瑪薩瑞斯作品《黃雨》中的想像空間
與孤獨意識
Li-Jubng Tseng
曾麗蓉
Departament of Spanish Language and Literature
Providence University, Republic of China(Taiwan)
靜宜大學西班牙語文學系
《靜宜語文論叢》第八卷第一期(103 年 12 月),21-48 頁
Providence Forum: Language and Humanities Vol.VIII, No.1 (December 2014), 21-48
El espacio imaginario y la soledad en
La lluvia
amarilla de Julio Llamazares
Li-Jung Tseng
Resumen
El presente estudio tiene como objetivo investigar la presencia y el tratamiento del espacio narrativo y su relación con la soledad de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. La primera parte trata de la estructura de la novela. En la segunda parte intentamos investigar la interacción y la circulación entre los espacios imaginarios y reales de la obra. En la tercera parte, estudiamos la unión entre los espacios imaginarios y la soledad. En realidad, en La lluvia amarilla, el espacio se erige como un elemento relevante de la ficción, que contribuye no sólo a crear mundos posibles haciéndolos verosímiles ante los lectores, sino también tiene un enlace indisoluble con la condición problemática y compleja de los personajes, resaltando así los problemas del ser humano. En este sentido, el espacio no sólo deja de ser visto sólo como un escenario por el que se mueven los personajes, sino que consigue convertirse en un protagonista más de las historias. Valiéndose del lenguaje poético, el escritor consiguió llevar a cabo una simbiosis capaz de plasmar con armonía y precisión su personal universo ficticio, dotado de un sello inconfundible y original.
Palabras Clave: imaginario, espacio, soledad, Julio Llamazares
Li-Jung Tseng, Ph.D. Doctorado en Literatura española y Teoría de la literatura, is currently Asso-ciate Professor at the Spanish Department, Providence University, Republic of China (Taiwan).
胡立歐‧亞瑪薩瑞斯作品《黃雨》中的想像空間
與孤獨意識
曾麗蓉
摘要
本研究主要探討亞瑪薩瑞斯作品《黃雨》 (1989) 中的空間處理方式及其功能 與象徵意義。第一部分將分析《黃雨》的小說結構。第二部分論述想像空間與真實 空間之間的流動與互相呼應。第三部分試著檢視「想像空間」的鋪排處理如何轉化 表達人類的生存處境,以及想像空間與孤獨意識之間密不可分的關係。基本上,「空 間」在《黃雨》不僅限於為小說情節發展的背景,它更具有相當重要的象徵意義, 是連結整部作品的最基本要素。不僅包裹呼應著作品的結構,賦予虛構的小說世界 更多的真實性,並且反映出小說人物錯綜複雜的處境,突顯人性的矛盾與問題。因 此「空間」不只限於作者置放人物與情節發展的舞台,它也一直是《黃雨》小說架 構中的主角。透過「想像空間」,象徵舊時代的沒落與末日,同時連結人性中深沉 的孤獨意識。藉由詩歌般的語言,亞瑪薩瑞斯得以形塑兼備和諧與精確,具有個人 特色的虛構小說世界。 關鍵詞:想像、空間、孤獨意識、亞瑪薩瑞斯。 曾麗蓉,西班牙國立瓦拉多利大學西班牙文學博士,靜宜大學西班牙語文學系專任副教授。El espacio imaginario y la soledad en
La lluvia
amarilla de Julio Llamazares
Nunca se ha negado que el espacio novelesco no solo es uno de los componentes esenciales de la trama, sino que también sustenta una posición relevante en la ficción en prosa. En efecto, como ha apuntado Martínez García (Martínez García 210), se considera la identidad del espacio como un signo complejo en el seno de la ficción narrativa, al constituirse como un elemento ficticio, junto con otros componentes, tales como el personaje, la acción, el tiempo. El espacio también aporta al nacimiento de la trama, a la vez que porporciona coherencia y cohesión al mundo representado. En este sentido, no se podrá limitar a hablar de dimensiones geográficas de las que se vale el narrador para situar y concretizar unos acontecimientos, puesto que en las obras narrativas vemos unos ámbitos ficcionales presentados de manera singular y original, y que cobran vida propia, como afirma Natalia Álvarez ( Álvarez Méndez 552):
El espacio, por lo tanto, no será sólo el escenario donde se sitúan los personajes y acontecen las acciones, sino que en muchas historias se erige en protagonista o en el elemento estructurador de la trama, revistiéndose de coherentes formas y múltiples sentidos, a través de la presentación de lugares cargados de significación que construyen mundos ficcionales no sólo análogos al real, sino también maravillosos, míticos o fantásticos.
En la literatura más reciente, los escritores también se han percatado de la importancia del espacio narrativo en la historia de la literatura, así como de su protagonismo y de su gran funcionalidad, tanto referencial como simbólica. Entre los narradores, José María Merino ha hecho unas reflexiones sobre la importancia de los espacios fabulosos y los lugares quiméricos:
resultado, con el correr de la historia de la narrativa, especialmente oportuno para reflejar la singularidad de las cosas inventadas mediante la simple ordenación de palabras escritas. Es en la figuración de escenarios, paisajes y territorios, donde lo literario muestra con particular brillo su potencia, acaso por la evidente falta de concordancia entre los medios empleadas -la pura imaginación verbal del inventor y los resultados que pueden conseguirse (Merino 103).
En realidad, la importancia del espacio se encuentra caracterizada, sobre todo, por un signo configurado por distintas dimensiones. Entre ellas, la del espacio del discurso, formado por el conjunto de signos que se conjugan en el discurso textual; la situacional junto con la localización de los acontecimientos y los personajes; y por último, la del espacio de la historia o el significado, es decir, el que contiene la historia del relato y el que hace posible que el narrador consiga desarrollar el protagonismo y la significación simbólica de los diversos espacios narrativos. También posibilita que se entrelacen con los hechos, los seres y los tiempos narrativos. Así pues, se evidencia que las dos primeras dimensiones disponen de valores sintácticos y la tercera se caracteriza por su carga semántica. Por lo tanto, el espacio desempeña no sólo una función referencial, sino también simbólica. Debido a esa conjugación de las tres dimensiones citadas, el espacio se configura en cada obra novelística como un universo ficcional coherente y verosímil.
De hecho, las novelas de Julio Llamazares1 están muy apegadas a su tierra
1 Julio Llamazares nació en Vegamián (León), el 28 de marzo de 1955. La infancia de Llamazares
transcurrió en ese pueblo minero que en la actualidad se encuentra en las profundidades de un pantano. Su padre trabajó allí como maestro de la escuela primaria. Tras la destrucción de su pueblo natal, se muda con su familia al pueblo de Olleros de Sabero, en la cuenta carbonífera de Sabera. La infancia en los dos pueblos marca, desde entonces, parte de su obra. A los doce años se fue a estudiar a un colegio en las afueras de Madrid. Más adelante, se licenció en Derecho, carrera que abandonó más tarde para dedicarse al periodismo escrito, radiofónico y televisivo en Madrid, ciudad donde reside hasta ahora. Se inició muy joven en la poesía. Empezó su carrera literaria con la publicación de dos libros de poemas, La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la
nieve (1982), galardonado este último con el Premio Jorge Guillén de poesía. En 1981 publicó El entierro de Genarín. En 1983 comenzó a escribir Luna de lobos, su primera novela que se publicó en
1985, y en 1988 publicó La lluvia amarilla. Ambas fueron finalistas al Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Narrativa y le han situado entre las figuras más destacadas de la narrativa española actual. Otra obra suya es Escenas de cine mudo de 1994. Cultivó también otros
natal, pues nos relatan historias desconocidas y olvidadas del medio rural del norte de España. Por lo tanto, podemos afirmar que las obras de Julio Llamazares constituyen un canto épico a la tierra. Y muchas veces, es de notar la riqueza textual proporcionada por el protagonista del marco ambiental rural, que pone de manifiesto la relevancia significativa de los pequeños mundos recreados. Así, una buena parte de sus obras están dedicadas a contar historias de ese mundo de pequeños pueblos, de sus paisajes y de su soledad y de la extinción tanto de los pueblos, como de la cultura rural. Como afirma Gerhard Penzkofer,: “Como autor regionalista es Llamazares un autor del espacio. Describe paisajes y entornos culturales identificables geográfica e históricamente” (Penzkofer 171). Evidentemente, el espacio como componente relevante de la ficción narrativa, se convierte en uno de los procedimentos más importantes de su mundo novelístico. El escritor se vale de los elementos espaciales para que el ambiente físico muchas veces cumpla una función narrativa específica dirigida a los lectores. Sobre todo, en la narrativa de Llamazares, nos damos cuenta de una tendencia cada vez más marcada: se trata de la creación de espacios imaginarios y fabulosos. De esta forma, el espacio se ve presentado como un personaje más de la trama, un espacio tan hermoso como hostil. En este sentido, el presente estudio tiene como objetivo investigar la presencia y el tratamiento del espacio narrativo y su relación con la memoria de
La lluvia amarilla de Julio Llamazares. La primera parte trata de la estructura de
la novela. En la segunda parte intentamos investigar la interacción y la circulación entre los espacios imaginarios y reales de la obra. En la tercera parte, estudiamos la unión entre los espacios imaginarios y la soledad.
géneros como la literatura de viajes en obras como El río del olvido (1990), Trás-os-montes (1998) y
Cuaderno del Duero (1999). En el año 2005 publicó El cielo de Madrid, que se caracteriza por su
estilo lírico y el empleo de un lenguaje preciso. Su novela más reciente es Las lágrimas de San
Lorenzo (2013). En fin, Julio Llamazares fue, sin duda, uno de los novelistas de gran relevancia de
las generaciones surgidas a partir de la Transición española. Por eso, en el contexto literario, se considera a Julio Llamazares como un novelista que con sus obras contribuyó mucho al cambio que desembocó en el gran florecimiento novelístico del siglo presente.
I. La historia de la estructura estrófica
La novela La lluvia amarilla fue finalista en el Premio Nacional de Literatura en 1989. En esa obra narrativa, nos recrea el monólogo del único habitante de una aldea de los Pirineos, quien espera su muerte en medio de la soledad, el abandono, la tristeza, la desolación y una memoria cargada de dolor. Ese último habitante de su pueblo natal, Andrés de Casa Sosas, el protagonista-narrador, nos relata la historia en primera persona, desde esa última noche de su vida, en la que nos proporciona evocadores pasajes retrospectivos en los que se lamenta el progresivo deterioro de Ainielle, un pueblo fantasma perdido en la montaña helada, y que se quedará abandonado y olvidado.
En la novela, el protagonista aparece como un ser frustrado, fracasado y agónico, de ese pueblo abandonado que se negó a dejar cuando los demás habitantes o se iban muriendo progresivamente o se fueron hacia ciudades más prósperas. En los umbrales de la muerte, él venía enhebrando el hilo de la memoria para recuperar lo irrecuperable, ya que “es un intento desesperado de reapropiarse un pasado perdido”(Jamerson 47). Junto a su vida camino a la muerte, la vida del pueblo se dirigió también hacia el camino de su extinción. Desde el inicio, nos da a conocer la descripción de lo que el narrador imaginó una comitiva de hombres de los pueblos cercanos que llegaron, tras el invierno, y que estaban seguros de encontrar al narrador muerto. Y al llegar a su casa, lo hallaron “al fin encima de la cama, vestido todavía, mirándoles de frente, devorado por el musgo y por los pájaros”(Llamazares 17). Empleado la técnica de la analepsis o flash-back, el narrador nos cuenta aquello que vivió en el pasado, componiendo un encadenamiento de revelaciones que dan conjunto a la obra narrativa. De esta forma, nos narra el abandono definitivo de los últimos habitantes del pueblo, tras vender la última cosecha y marchar a Biescas. Espoleados por la miseria o por la promesa de un mundo mejor, se vieron obligados a abandonar gradualmente las duras condiciones de vida. En el pueblo de Ainielle ya sólo quedarán Andrés y Sabina. Así pues, ellos han sido testigos de ese progresivo abandono de su pueblo natal, la muerte de su hija, la
desaparición de su hijo mayor y la marcha definitiva de su hijo menor. En especial, incapaz de vivir en esa soledad, Sabina empezó a salir de casa y deambular por el pueblo, dando muestras de demencia, hasta que una noche Andrés descubrió a Sabina ahorcada en el molino. A partir de entonces, Andrés lleva los últimos diez años viviendo ya completamente solo en Ainielle, acompañado únicamente por su perra y los muertos del pueblo. Después, él comenzó a sufrir también una patología atenuada por las apariciones de los difuntos y el delirio que le provocó una víbora. Finalmente, la novela se cierra con una doble destrucción y muerte, la del protagonista-narrador y la del pueblo.
Estructuralmente, La lluvia amarilla va precedida de un epígrafe que aporta abundante información sobre el escenario. El grueso de la novela lo constituyen veinte capítulos no titulados de extensión desigual, que recuerdan extrañamente la estructura cuentística aunque nunca llega a tener total autonomía. Esto es, la obra narrativa se divide en veinte secuencias, repartidas a lo largo de ciento cuarenta y tres páginas. La longitud de cada secuencia varía: las más largas no pasan de doce o trece páginas. Estas secuencias o unidades narrativas se disponen de una manera que podríamos denominar estrófica. Julio Llamazares ha hecho una definición de estas secuencias narrativas: “son episodios de la memoria. Como golpes de aliento de una memoria aguijoneada por la locura”(Marco 29). Es más, en toda la obra, no hallamos un desarrollo temporal lineal, sino una estructura temporal caótica y desordenada que sirve para dar más preeminencia al importante papel de la vida interior del protagonista, puesto que el autor contrapone el tiempo cronológico al tiempo psíquico de Andrés. La estructura responde al tiempo psíquico de Andrés, ya que de esta forma podemos apreciar el subjetivismo interior que nos lleva del presente al pasado y viceversa.
Asimismo, también nos damos cuenta de que la obra, en efecto, consiste en dos unidades de distintas características. La primera mitad la abarcan los capítulos uno y veinte, y el principio del capítulo dos. La segunda mitad comprende a los capítulos que empiezan desde el tres hasta el diecinueve y el final del capítulo dos. Entre las dos unidades vemos un claro contraste temporal y estructural. En la primera, el protagonista imagina y describe en un tono
profético unos acontecimientos que sucederán tras su muerte. En cambio, la segunda comprende fundamentalmente los recuerdos del personaje, por eso prevalecen los tiempos verbales del pasado.
Podemos observar también que las dos unidades se oponen con respecto a la composición. Desde el principio del capítulo uno hasta el del capítulo dos, vemos un grupo de hombres que van buscando el cuerpo de Andrés, el protagonista. Ellos llegan al pueblo y entran en la casa donde encuentran su cadáver. Después, se abandona esa línea narrativa hasta que en el capítulo veinte el autor retoma ese hilo y sigue la descripción de los sucesos, en el orden cronológico, desde el punto exacto en que se deja dicha descripción en el inicio del capítulo dos. Ese grupo de hombres ven el cuerpo del protagonista y, al día siguiente, lo entierran. Luego, se van por el mismo camino por el que han llegado. Por lo general, en la primera unidad, domina el tiempo verbal futuro y los sucesos se desarrollan siguiendo el orden cronológico, sin que la inserción de la segunda en medio cause una ruptura. Muy al contrario, la segunda unidad se constituye de una forma muy diferente, parecida a la de un monólogo interior. De hecho, esa unidad consiste principalmente en los recuerdos de Andrés que abarca toda su vida pero en el texto no nos la cuenta cronológicamente, y solo obedece al fluir de la conciencia del protagonista; es decir, éste sigue el hilo de su pensamiento sin importarle el cambio de capítulo. De este modo, la reconstrucción de la biografía cronológica del protagonista invita a la participación activa del lector como organizador de los recuerdos del protagonista. Por tanto, la descripción cronológica de un acontecimiento futuro en la primera unidad constrasta con las secuencias intermedias, tortuosas y evocadoras del pasado de la segunda. Es más, la función de las dos unidades también es distinta. La segunda trata de la historia de Andrés y la del pueblo, y debemos tener en cuenta el funcionamiento de la memoria del narrador, mientras que en la primera la función rememorativa de la primera consiste en crear un marco para el monólogo que queda en medio.
Por otro lado, aunque nos narra la historia según los impulsos de la memoria, no es nada arbitraria la división de capítulos. Podemos ver que cada capítulo gira en torno a un núcleo temático, más o menos amplio. Por ejemplo, en el capítulo dos nos da a entender la soledad de la pareja; el seis habla de los
hijos de la pareja; el siete trata de la picadura de la víbora; y el diecisiete de la muerte del pueblo. No obstante, “el tratamiento de un determinado tema no se limita nunca a un solo capítulo sino que los temas y los mismos sucesos surgen en varios capítulos y en varios contextos. Es decir, la numeración de los capítulos sirve de discreta orientación al lector, pero no delimita los temas”(Liikanen86). Y el último capítulo contribuye sobre todo a proporcionar coherencia y simetría a la obra. El escritor se vale de la circularidad para dejarnos volver a la misma situación que en el capítulo uno, al tiempo posterior a la muerte del protagonista, pero anterior a su entierro. Al enterrar el cadáver de Andrés, la historia de Ainielle también llega a su conclusión. De este modo, el desenlace de la obra tiene a la vez un efecto cíclico, puesto que comparte muchas característcas con el primer capítulo.
En suma, la obra va avanzando de una forma circular, y la repetición del final equivale a cerrar el círculo definitivo. No obstante, tras la reiteración, la novela nos proporciona unas líneas más. Los hombres que buscaron el cuerpo de Andrés pararon en el Sobrepuerto y vieron cómo la noche y la destrucción se apoderaron de Ainielle. Las últimas frases que uno de ellos murmura quedan inmortalizadas en un bello epitafio: “La noche se queda para quien es” (Llamazares 159). Sin embargo, en estas líneas no encierra una nueva apertura de la obra; muy al contrario, confirman más el cierre definitvo de la obra. Finalmente, Andrés no recibe a cambio de la total fidelidad a su tierra natal nada más que la soledad y la amargura que le conducen a la muerte.
II. Los espacios reales e imaginarios
Para contar una historia, hay que situarla en el espacio del objeto o del referente, y constituirla por el lugar físico como objeto espacial que el narrador plasma en su obra narrativa. De este modo, se asocia a un lugar físico en el que se sitúan los sucesos y los personajes. El espacio no sólo contribuye a la creación de la sensación de la realidad, sino que forman un factor de cocherencia y cohesión textuales. Por eso, tanto “la verosimilitud como el sentido del texto y, no menos el ensamblaje de la microestructura, encuentran en el espacio un soporte realmente sólido”(Dominguez 182). Podemos afirmar que en la
organización del texto narrativo, el papel del espacio es sumamente importante. En la novela de Julio Llamazares La lluvia amarilla (1989), toda la acción se ubica en un ámbito paisajístico real, situado en una zona concreta del territorio nacional español. De manera muy significativa, al inicio de la novela, en la dedicatoria, podemos ver las palabras siguientes:
Ainielle existe.
En el año 1970 quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto (Llamazares 8) . Ese espacio de la novela dispone de características de cualquier pueblo de las montañas leonesas, tales como la lucha, la resistencia, la supervivencia ante la nevada del invierno: “la novela se ambienta en un pueblo pirenaico de la provincia de Huesca, pero ese pueblo que en la novela se llama Ainielle, por geografía y por problemática es leonés, y es idéntico a otros pueblos de la montaña leonesa que Llamazares nos describe en otras obras suyas”(Gil Casado 452). En realidad, la novela nos refleja los pequeños ámbitos rurales en que transcurrió su infancia y juventud, propios, en su mayoría, de Veguellina de Órbigo y de León. No cabe duda de que el pasado del escritor ejerce una influencia decisiva en la obra. En la entrevista realizada por Delgado Batista al autor, éste habla de su regreso a su pueblo natal, Vegamián, que ahora se encontraba sepultado para siempre en el fondo del embalse de Porma cuando era pequeño: “la sensación de volver al lugar donde nací y verlo lleno de lodo; entrar en tu casa, en las habitaciones que todavía están allí, llenas de barro y de truchas muertas [...] es una senación muy difícil de describir. Yo creo que es de las experiencias que marcan a uno”(Delgado Batista 6). En realidad, como Vegamián, Ainielle es uno de tantos pueblos españoles que están desapareciendo por la progresiva urbanización de España. En la obra, el pueblo también está muriendo junto con su último habitante. El destino del protagonista es un destino compartido por multitud de personas que se ven obligadas a abandonar su tierra, excepto que el protagonista resiste hasta el final de la vida. Tanto el espacio como el protagonista se dirigen a su final: la muerte definitiva. Esta
muerte paralela, esa desaparición común nos hace recordar la idea de Lefebvre2 sobre un espacio social, puesto que según Lefebvre, el espacio suele asociarse con los movimientos sociales que en él suceden, de manera que “la sociedad lo modifica, o lo crea en cierto sentido, dándole un valor acorde a los valores de tal sociedad, de modo que si ésta desaparece, aquel espacio concebido, y caracterizado o por la misma también desparecerá” (Bazán Rodriguez 104.). Por tanto, no existe la realidad social sin espacio, como afirma Lefebvre: “they ject themselves into a space, becoming inscribed there, and in the process pro-ducing the space itself” (Lefebrve 129). Con respecto a esa idea sobre una producción del espacio por parte de la sociedad, podemos observar que la novela se encuentra centrada en el ámbito rural durante esa paulatina urbanización del territorio español. Y la interdependencia lefebvriana entre sociedad y espacio es evidente en la novela. En este sentido, el espacio se ha hecho coral, más que un individuo en particular, este llega a representar su sociedad al completo, como en La lluvia amarilla.
Por otro lado, aunque desde el principio, el relato se dota de una geografía, una localización concreta para situar la acción, esos marcos geográficos vitales se convierten, mediante la imaginación, en un trasunto literario, en un espacio sin fronteras, donde la geografía espacial se abre y se expande acogiendo multitud de perspectivas, ya que aunque el espacio sigue tanto las leyes físicas como los principios básicos de verosimilitud geográfica, la obra se ve impregnada por la subjetividad del narrador y de los personajes. De este modo, en La lluvia amarilla, aunque los espacios se inspiran en un lugar real, están creados a partir de la imaginación del escritor, y suelen conformar un nuevo mundo dotado de vida
2 Hay dos ideas importantes de la teoría espacial de Lefebvre. La primera es la categorización del
espacio en tres tipos: el espacio como percibido, el espacio como concebido y el espacio como vivido. El percibido es lo que los sentidos captan y va ligado a lo geográfico; lo concebido se relaciona con lo mental y está relacionado con las representaciones que se hacen del espacio, o sea, es la representación discursiva del espacio, el espacio mediante la mente, tanto subjetivo como individual. El espacio vivido es un espacio en donde todo, todas las opciones son posibles. Será un mundo nuevo e inexplorado, distinto. La segunda idea es la conceptualización del espacio, de forma que el espacio se encuentra relacionado con la sociedad que lo modela. A la vez, también señala hacia la propia creación del espacio acorde a esa sociedad, por eso la sociedad también crea su propio espacio. Las relaciones sociales se proyectan en el espacio, de modo que sólo pueden tener lugar en el mismo. Por tanto, el espacio debe existir, y en su interacción con la sociedad crea su identidad.
propia que sólo tiene existencia verosímil en el texto narrativo. De tal manera, sumando los lugares plasmados en la narración, el escritor consigue convertir el espacio localizador de las historias en un verdadero protagonista más de las mismas. Por tanto, no nos sorprende que “se ofrezca la imagen de un mundo ficcional con coordenadas propias y con datos pormenorizados de situación, tradiciones, población y urbanismo, que dibujan de manera íntegra y factible el marco soporte de los acontecimientos y personajes recogidos en la narración” (Álvarez 558-559). De hecho, La lluvia amarilla se caracteriza por un lirismo notable y una configuración poética que se distancian de la descripción realista.
En especial, Gaston Bachelard describe en su estudio The Poetics of Space cómo la realidad que nos rodea puede ser analizada poéticamente. A ella se suman naturalmente los juicios subjetivos, la añoranza por el pasado, el dolor del presente y los sueños del futuro que el narrador aplicará de forma personal al mundo. De ahí, podemos afirmar que los espacios de la obra que nos ocupan están poetizados. Nos da a ver un espacio compuesto de metáforas, elipsis, llevado a su esencia, desprovisto de lo accesorio, como dice Bachelard: “the reader of poems is asked to consider an image not as an object and even less as the substitute for an object, but to seize its specific reality” (Bachelard 19).
Podemos observar que La lluvia amarilla es una novela en la que se nos dan soluciones poéticas al campo narrativo a través de un lenguaje de hondo calado poético. En efecto, el escritor ha hecho gala de un destacado tratamiento lírico del lenguaje, unido a una proximidad personal a la naturaleza y al mundo rural, y dotado de un carácter poético y musical. Aquí vemos la búsqueda intencionada de la musicalidad, del efecto connotativo, fundamentada en la repetición periódica de determinados grupos de tónicas y átonas: “La herrumbre del cerrojo, al chinar bajo el empuje de una mano, basta para romper el equlibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio” (Llamazares 14). Y la prosa, medida y rimada nos deja la impresión de suma estetización:
Como arena, el silencio sepultará mis ojos. Como arena, que el viento ya no podrá esparcir. Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación (Llamazares 125).
Vemos también un uso frecuente de la reiteración anafórica con gran fuerza intensificadora. Eso queda evidente en el aserto del protagonista moribundo al pensar que muy pronto tendrá que comparecer ante Dios:
Nunca le tuve miedo. Ni siquiera de niño. Ni siquiera la noche en que la lluvia amarilla me enseñó su secreto.
Nunca le tuve miedo porque siempre supe que él también es un pobre y solitario cazador de perros viejos (Llamazares 139).
A través de esa reiteración de paralelismos, anáforas, aliteraciones, repetición, y sonoridad verbal, el texto narrativo se ve impregnado de elevada musicalidad y le proporciona un grado marcado de emoción y expresividad. En efecto, toda la obra es innegablemente poética y está dotada de un lirismo notable. La autonomía que presenta Ainielle implica la necesidad de su comprensión como un intrincado conjunto de símbolos, metáforas y de cargas semánticas que lo convierte en espacios poéticos. Se puede considerar como un espacio poético, como señala Bachelard: “poems are human realities; is it not enough to resort “impressions” in order to explain them. They must be lived in their poetic im-mensity” (Bachelard 210). El mismo autor también lo admite: “mi vision de la realidad es poética” (Delgado Batista 4).
Es más, a través de la carga simbólica y la personificación, la obra se convierte en una metáfora constante, de manera que el resultado último de los espacios es una imagen en la que predomina la nieve, la lluvia y la soledad. En realidad, la obra equivale a una poesía de soledad, silencio, locura y muerte. El silencio es una presencia constante de la obra que llega a ser parte propia del paisaje, a la vez que es un elemento que le confiere un matiz poético a la naturaleza del texto. Las montañas serán: “inmensas extensiones de sombra y de silencio” (Llamazares 19). Y la muerte va asociaciada al símbolo de la lluvia amarilla: “la savia de la muerte había invadido ya todo el pueblo [...] impregnaba mis huesos como una humedad lenta y amarilla” (Llamazares 121). La nieve también se repite como veta literaria que confiere consistencia simbólica a la obra. En el texto, la nieve va destruyendo el pueblo, las casas y al protagonista.
Entonces, la nieve no es sólo la blancura que cae del cielo, sino también silencio, soledad, y se aúna al interior de la vida, de forma que la nieve se presenta como algo que abarca las calles y también los corazones de los personajes: “Y, así, cuando llegó la nieve, la nieve está ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones” (Llamazares 22). De aquí, la identifiación entre la nieve, la soledad y aquellos que las padecen.
Además, se puede considerar Ainielle como el espacio representativo de la obra, que simboliza el límite entre dos mundos, entre lo de fuera y lo de dentro. Teniendo en consideración la dimensión poética de Bachelard, será imprescindible establecer una concepción importante del espacio en la obra como un todo que abarca tanto el espacio real en el que transcurre la acción novelesca, como el espacio imaginario que engloba las percepciones particulares del protagonista y la propia creación suya de un entorno subjetivo que persigue tanto elementos externos (paisaje, naturaleza, clima, invierno) como internos (símbolos de fenómenos naturales, la soledad, el olvido, el aislamiento). Por eso, no se puede hablar sólo del mundo exterior, el espacio cruel, salvaje y hostil, ni del mundo interior, es decir, el espacio de soledad, silencio y muerte, como señala Bazán (Bazán Rodríguez 103): “Ambas ideas son válidas y se complementan una a otra, dándonos una percepción global a la que el filósofo francés, Bachelard, se refiere al hablar de la poetización del espacio”. Suárez Rodríguez también comparte la misma opinión apuntando que una de las características fundamentales en la narrativa de J. Llamazares es la imbricación de lo objetivo-exterior y lo subjetivo-interior, de modo que ambos planos se manifiestan en base al espacio en el que transcurre la acción (Suárez Rodríguez 285):
Llamazares no se limita en sus obras a mostrarnos la percepción de los lugares geográficos como algo que se alimenta exclusivamente del relieve y las condiciones físicas, sino también de todo dato observable que pueda llegar a hacer más comprensible el espacio vivido. Nos transmite las relaciones entre las características del paisaje y los sentimientos que suscita, aspectos relacionados con el ejercicio de la sensibilidad humana, de orden estético, psicológico, paisaje “sentido” por el hombre.
Entonces, lo más frecuente es la analogía que se produce entre el paisaje y los estados anímicos de los personajes. La acción externa responde de manera estricta a los sentimientos con el intento de describir con toda profundidad la intensidad de cada momento y la emoción que lo acompaña. En la obra, el pueblo entero de Ainielle adquiere sentimientos humanos, juzga y recrimina a sus antiguos habitantes por haberlo condenado al abandono. Así pues, vemos “la soledad inmensa y tenebrosa del paraje” (Llamazares 9) y “el perfl melancólico de Ainielle [...] (Llamazares 11). Se trata de un sentimiento de lugar que trasciende la objetividad del espacio y que el narrador representa de manera indirecta a través de un lenguaje simbólico. Por lo tanto, el pueblo entero se cubre de una realidad que ya no le pertenece exclusivamente, sino que es compartida por su único y último habitante. Esto es, no sólo influye el espacio en el personaje, sino que lo hace de modo que éste absorbe sus características: “ante mí, ya sólo se extendía el inmenso paisaje desolado de la muerte y el otoño infinito donde habitan los hombres sin sangre y la lluvia amarilla del olvido” (Llamazares 40). De manera semejante, los elementos del paisaje y los personajes comparten las mismas cualidades, de modo que la caída de las hojas de los chopos llega a ser una cualidad interna del narrador: “primero, fue la niebla, el musgo de las casas y del río. Luego, el perfil del cielo [...] Los árboles, el agua, la nieve, las alianzas, hasta la propia tierra fue cambiando poco a poco el color negro de su entraña por el de las manzanas corrompidas de Sabina” (Llamazares 119).
Asimismo, la otra parte fundamental que merece especial atención es el empleo de los elementos sobrenaturales. Como se ha apuntado, Ainielle es el resultado de un hombre que resiste y es su visión peculiar la que nos explica el espacio en que se mueve. El primer fantasma que ve Andrés es su hijo mayor, Camilo, quien desapareció en la Guerra Civil española años atrás. Vuelve como fantasma tras la marcha de su otro hijo Andrés a Alemania. Más tarde, al protagonisa le sorprende la presencia del fantasma de Sara, la hija que murió a los cuatro años de edad. Luego, en su delirio por la alta fiebre provocada por el veneno de la víbora, ve al fantasma de su mujer Sabina, al borde de su cama, como si fuera una figura encargada de velarlo. Finalmente es la visita del espíritu
de la madre del protagonista a su casa, la cual se describe como si fuera real: “Pero, esa noche, la realidad se impuso, brutal e incontestable, a cualquier duda. Esa noche, cuando mi madre abrió la puerta y apareció de pronto en mitad de la cocina, yo estaba allí, sentado junto al fuego, frente a ella, despierto y desvelado igual que ahora, y, al verla, ni siquiera sentía miedo (p. 85). Y tras esa visita, durante una noche, resurgen los fantasmas de los habitantes de todas las casas del pueblo, lo que causa un espanto tremendo en el protagonista. Curiosamente, “la posición más “real” que van adoptando los fantasmas en Ainielle se ve compensada por los detalles geográficos específicos que sitúan al pueblo en un entorno tangible, y le proporciona verosimilitud” (Bazán Rodríguez 124). Se trata de un espacio objetivo y “real”, a la vez que es un espacio subjetivo y mental en el que fluctúan las sensaciones del protagonista. Por eso, es de entender la intervención de fenómenos sobrenaturales en la obra. Padeciendo la angustia y el temor a la muerte, seguramente el individuo no acierta a distinguir entre la realidad y el mundo de los delirios porque en ambos espacios se siente indefenso ante un grave peligro indeleble. En efecto, queda patente esa mezcla entre objetivismo y subjetivismo, lo cual favorece la verosimilitud de la historia contada, puesto que los personajes viven una realiad subjetiva (Beisel 198):
El entrelazamiento de los elementos ficticios con los detalles históricos y geográficos concretos. Es justamente la tensión entre precisión de los detalles geográficos como marco general, por un lado, y la utilización de la perspectiva subjetiva de un individuo participante en la acción, por otro, lo que dota de autencidad a las vivencias y al mismo tiempo fomenta en el lector la aceptación de las mismas como colectivas.
A fin de cuentas, la importancia del espacio para Julio Llamazares es obvia. Desde el principio, sienta las bases de una narrativa marcada por el espacio en el que se emplaza. Ese signo espacial adquiere gran relevancia tanto para el personaje como para la evolución de la historia. Sirve como un eje que posibilita el desarrollo de la acción. De hecho, podemos decir que el espacio se construye entre la realidad y la ficción. Los dos elementos primarios que se manifiestan en base al espacio narrativo de la novela son el real y el representado por
subjetividad, el imaginado. La combinación e interacción de los dos es el resultado del espacio de la obra, y es esta misma cooperación de ambos en el orden poético lo que tenemos en La lluvia amarilla. Como se ha señalado anteriormente, éstos no se oponen, sino que se complementan. Las alucinaciones y sentimientos del narrador, más tarde desplazados al plano de lo real, favorecen la potenciación de la faceta subjetiva, que resalta y enriquece el problema que plantea el abandono del espacio por parte de la sociedad. De este modo, se trata de un espacio simbólico e imaginario, colmado de significado, en el que tiene cabida lo real y lo imaginario, creando un espacio abierto como un “todo” donde caben todas las posibilidades, de modo que “El espacio actual lo sentimos en su multiplicidad” (Gullón 21).
III . Los espacios imaginarios y la soledad
Sin duda, el tema de la soledad dispone de una gran relevacia a lo largo de toda la narración de La lluvia amarilla. Nicolás Miñambres cree que La lluvia
amarilla preludia la temática que girará en torno a la soledad del ser humano.
Apunta que el protagonista de la obra se encuentra ansioso de hallar protección y consuelo en los umbrales de la muerte (Miñambres 20). En realidad, la soledad no es un tema nuevo en esa obra narrativa de Julio Llamazares. En Luna de lobos (1986), ya hemos advertido cómo la soledad se apodera del protagonista y se va haciendo cada vez más relevante a medida que sus compañeros de lucha van pereciendo. En la última parte, vemos la gran angustia del protagonista al verse acorralado por los guardias civiles, el duro invierno y la soledad circundante; por tanto, se ve obligado a una huida desesperada de incierto desenlace. En La
lluvia amarilla, la soledad vuelve a ser la espina dorsal de la obra. Como sabemos,
Andrés es el último habitante de Ainielle y ha presenciado cómo su pueblo natal ha sido abandonado poco a poco, cómo sus vecinos y sus amgos han cerrado sus casas para irse a otras tierras en busca de una vida mejor. Su hijo mayor, Camilo, desapareció en la Guerra Civil española y su única hija, Sabina, murió de enfermedad. El único varón que queda, también llamado Andrés, optó por marcharse de esa tierra natal:
La partida de Andrés dejó un vacío tan grande dentro de la casa que, aunque su nombre nunca más volvió a ser pronunciado dentro de ella, tampoco nada volverá a ser igual desde aquel día. Es lógico. Con Andrés no se iba solo un hijo. Con Andrés se iban también las últimas posibilidades de supervivencia de la casa y la única esperanza de ayuda y compañía que, en la vejez cada vez más cercana y más temida, su madre y yo tendríamos un día (Llamazares 58).
A partir de entonces, Andrés padeció una soledad inevitable, aunque no deseada. Está claro que la soledad era la consecuencia directa de quedarse el protagonista como el último habitante del pueblo abandonado. Sobre todo, su mujer se quedó completamente vencida por la soledad y empezó a sufrir demencia, hasta que una noche Andrés se dio cuenta de la ausencia de su mujer:
Cuando me desperté, estaba amaneciendo. [...] En la cocina, sin embargo, el fuego de la lumbre permanecía aún apagado y no encontré a Sabina por ninguna parte. [...] Y, entonces, de repente, com si la luz de la mañana hubiera golpeado con violencia mis sentidos y el infinito desamparo de la casa me estallara entre las manos, una sospecha súbita se apoderó de mí convirtiendo el silencio en una nueva pesadilla y el sueño de la noche en un presentimiento (Llamazares 25-26).
Finalmente, él encontró a Sabina “colgada, como un saco entre la vieja maquinaria, con los ojos inmensamente abiertos y el cuello quebrantado por la soga [...]” (Llamazares 27). A partir de entonces, la muerte de Sabina deja totalmente solo tanto a Andrés como a todo el pueblo, donde irremediablemente fluirán los recuerdos de los días mejores del pasado. La infinita y dolorosa soledad, agudizada por la muerte de su esposa llega a ser algo obsesivo que se apodera de él día y noche:
Yo estaba ahí, junto a la cama, completament a oscuras, definitivamente roto ya por el cansancio y por el sueño y no sé si decidido o resignado a enfrentarme de una vez a la infinita soledad que, desde hacía varias, me
esperaba entre las sábanas (Llamazares 33).
En realidad, tras la muerte de Sabina, la soledad llega a ser un elemento terrible acuciante para Andrés: “sólo ciertos recuerdos, ciertos adioses, ciertos momentos en compañía de la perra, logran un mínimo alivio de esta desazón que va impregnándolo todo, [...]” (Miñambres 27). De hecho, a causa de la muerte de su esposa, la vida del protagonista va perdiendo el rumbo, que finalmente desembocará en la locura y la muerte:
Cuando murió Sabina, la soledad me obligó otra vez a hacer lo mismo. Como un río encharcado, de repente el curso de vida se había detenido y, ahora, ante mí, ya solo se extendía el inmenso pasaje desolado de la muerte y el otoño infinito donde habitan los hombres y los árboles sin sangre y la lluvia amarilla del olvido (Llamazares 44).
Asimismo, la soledad que inunda las páginas es la nostálgica, a la que el protagonisa está abocado. En muchas ocasiones, el protagonista se acuerda con la nostalgia de las noches que pasaban los vecinos del pueblo, reunidos junto a la chimenea, contándose historias y recordando personas y acontecimientos de otro tiempo. Sumergido en la inmensa soledad, recuerda los mejores días del pasado del pueblo y de su infancia aunque le es imposible volver a ese pasado que tanto añora. De este modo, la soledad ha obligado a Andrés a enfrentarse consigo mismo y con sus recuerdos: “La soledad, es cierto, me ha obligado a enfrentarme cara a cara conmigo mismo”(Llamazares 44). Tras la muerte de su mujer, él dice que: “La soledad entró en mi corazón e iluminó con fuerza cada rincón y cada cavidad de mi memoria” (Llamazares 42). Como afirma Barrero: “En la soledad encuentra el terreno propicio para la reflexión sobre sí mismo y sobre el mundo que lo rodea y, en este sentido, es en ella donde descubre su propia verdad interior” (Barrero 160). Al mismo tiempo, “la memoria fue ya la única razón y el único paisaje de mi vida” (Llamazares 45) y equivale a la única posibilidad de aguantar la soledad. Es más, como Andrés optó por no marcharse de su tierra natal y seguir fiel a su pueblo, a sus tradiciones y a su memoria, no es nada de extrañar que él decidiera permanecer en esa soledad: “Durante todos estos años,
aquí solo, igual que un perro, he visto transcurrir los días y los meses” (Llamazares 137). Rechazó todo contacto humano. No quería relacionarse con nadie ni acepta que los demás vengan al pueblo: “he guardado día y noche los caminos de Ainielle, sin permitir que nadie se acercase al pueblo” (Llamazares 136). El rechazo de marcharse y la reducción de los contactos humanos son indispensables para sobrevivir en plena soledad. En especial, cuando él pasó hambre y necesitó ayuda, la gente le volvió la espalda:
Después de haber cruzado la barrera de amenazas que ellos mismos me oponían, después de atravesar de extremo a extremo todo el pueblo y de llamar a varias puertas sin obtener respuesta alguna, yo sabía ya que me podía ir cuando quisiera porque nadie en Berbusa me abriría (Llamazares 102).
Fue la última vez que él intentó pedir ayuda. A partir de entonces, el protagonista se quedó solo, puesto que iba experimentando día a día lo más duro y la tristeza de la soledad, una soledad amplificada por el silencio, el abandono y la oscuridad que emanaba desde la altura de las montañas. Escuchando la voz del protagonista, percibimos la amargura de ser el último habitante de ese pueblo completamente aislado y abandonado. Toda la obra equivale a la voz del hombre que experimenta los efectos de una continua y densa soledad. Advertimos que el protagonista poco a poco va perdiendo la conciencia y que va traspasando la delicada línea entre la cordura y la demencia. El protagonista apenas ha notado que las apariciones de sus difuntos no son más que alucinaciones de quien se ha sometido a tantos años de soledad. Finalmente, esa soledad que va apoderándose del personaje –narrador y de todo aquello que le rodea, le conduce irremediablemente a la agonía, en espera de la muerte. Pese a todo, con tantos años de soledad contemplando la muerte a su alrededor, él no se resiste a asumirla como su destino final, y a veces incluso llega a desearla:
Y, ahora que ya está aquí, respirando conmigo a través de mi propia garganta, ahora que el tiempo acaba y las últimas luces comienzan a apagarse poco a poco dentro y fuera de mis ojos, la muerte se me muestra
como un dulce descanso que, incluso, puede ser objetos de deseo (Llamazares 72).
En los umbrales de la muerte, él se dio cuenta de que “[...] estoy solo. Completamente solo. Cara a cara con la muerte” (Llamazares 130). Aunque él reconoció que el ser humano simpre solo la muerte, por lo menos, en la agonía, los familiares solían estar a su lado. Pero él luchó “contra la muerte completamente solo, desesperadamente solo, sin nadie a quien llamar para pedir ayuda” (Llamazares 74). Va a morir sin que ni una mirada ni palabras de consuelo puedan quebrar “la inmensa soledad que ahora estoy sintiendo” (Llamazares 131).
Al definir la temática de La lluvia amarilla, Robert Baah habla de una poesía de la soledad y de la muerte (Baah 37): “La lluvia amarilla turns out to be a tale of loneliness and silence preceded by abandonment, caused in some measure by the ravages of war, and resulting in an involuntary but inescapable march to-ward death”. Podemos decir que la obra equivale a una poesía del silencio y soledad, que se convierten en parte propia del paisaje. Desde la primera página de la obra, ya se nos presenta “la tristeza y soledad de estas montañas” (Llamazares 9). De hecho, en la obra, el agreste paisaje de montaña provoca que el personaje principal haga balance de su soledad y desamparo en los umbrales de la muerte. En realidad, en la novela, el espacio se encuentra adaptado a las obsesiones del escritor con el leitmotiv de fondo de la ruina, la soledad y el abandono. De esta suerte, el espacio adquiere más allá de su valor referencial, una proyección simbólica de decadencia, asociada a la soledad humana. Entonces, el narrador nos describe una huerta abandonada: “ Contemplé el viejo muro, la soledad del pozo, los árboles inmóviles como fantasmas arrecidos en medio de la nieve” (Llamazares 40). La soledad está en todos los rincones del espacio: “[...], el grito de los bosques acentuaba más aún la sensación de soledad que, hasta entonces, había inútilmente tratado de ocultar tras la presencia indestructible y culpable de la nieve” (Llamazares 64-65). Se encuentra la soledad de las paredes de la casa de Acín (Llamazares 66), y la del caserón (Llamazares 68), y la de los caminos de Ainielle (Llamazares 83). Y las calles del pueblo son solitarias y vacías (Llamazares 113). El exclamó: “Ahora, la soledad
estaba en todas partes, impregnaba las casas y el aire en torno a mí, y sólo junto al río, entre los avellanos y los chopos de la orilla, hallaba ya consuelo a tanto paz” (Llamazares 118).
En realidad, la relación entre el espacio exterior, y el interior de los personajes es una característica constante de la obra. En especial, valiéndose del color amarillo, el escritor establecer una correlación metafórica entre el espacio exterior y el estado anímico del personaje. Como afirma Pardo Pastor, “el correlato metafórico del término《amarillo》se ve ampliado por el simple hecho de que la soledad se convierte en un referente paradigmático del mismo elemento” (Pardo Pastor 87). Frente a la soledad insoportable, el protagonista se siente ligado aún más al pueblo, a su casa, a la tradición sobre la que se sustentó su vida y justificó su existencia. Se encontró completamente solo, el protagonista intentó sobrevivir en Ainielle, padeciendo los resultados de la “lluvia amarilla”, que según Andrés, “entró en mi alma para no volver ya nunca a abandonarme el resto de los días de mi vida” (Llamazares 32). Y es esa lluvia la que se convierte en la realidad fantasmal que va aislando progresivamente al protagonista. A la vez, el día en que murió su mujer, Sabina, mediante la crudeza del espacio y la presentación desnuda de las fuerzas naturales, nos da a conoer el viento que se ha ido soplando y dejando sus huellas destructoras, “sumirá al protagonista en una dramática soledad, atemperado sólo por el consuelo que generan los recuerdos” (Nicólas 20). En este sentido, en la obra, la lluvia amarilla cobra una relevante connotación simbólica: borra, desvanece los límites entre lo real y lo alucinario, corrompe, oxida, y por último, desemboca en la muerte. Lo amarillo dispone la connotación del óxido y la corrupción, y la lluvia es el sujeto que lo porta. Y al finalizar la historia, todo aparece teñido del color amarillo de la lluvia: “era como si el aire estuviera ya podrido. Como si el tiempo y el paisaje se hubieran ya corrompido poco a poco” (Llamazares 121). De esta forma, es ese color amarillo que cubre el suelo de olvido, de soledad y finalmente de muerte.
Asimismo, el escritor también establece una relación emocional entre los fenómenos naturales del espacio y el interior del personaje. Por ejemplo, la gran nevada deja a Andrés a las puertas de la muerte, aislado en su casa sin nada para comer. En la obra, esa nieve no supone sólo la blancura física que cae del cielo y le encarcela, sino tambien simboliza silencio y soledad, y especialmente se une al
interior sentimental del personaje. De esta manera, ese fenómeno natural del espacio, la nieve, se encuentra como algo que abarca las calles y las casas del pueblo y también las miradas del personaje. La nieve y la soledad se identifican con éste que las padece.
Además, los espacios cerrados suelen simbolizar una opresión interior, o como refugio liberador de un yo introvertido. En la obra, el protagonista generalmente lleva meses enteros sin poder salir de ella debido al invierno. La casa se convierte en el escenario propio del protagonista: es un lugar donde transcurre su existencia sin que nadie le acompañe. Por tanto, la casa significa una soledad inmensa y aflicción, y el personaje se ve obligado a compartir con los fantasmas, escuchando sus voces y los ruidos que provocaron. La cocina es donde él pasaba horas enteras con su mujer junto al fuego, y ahora la comparte con la presencia fantasmal de su esposa y su madre. La habitación es otro espacio en el que él llevaba muchos días enfermo, y ahora es ahí donde lucha solo contra la muerte y espera a los hombres que van a buscarle: “[...] y, envuelta en el silencio, la habitación vaía, soliaria y vacía, lo mismo que esta noche” (Llamazares 75).
Con todo, está claro que toda la obra es un desolado balance de la soledad del protagonista-narrador. En la obra, notamos que se produce una internalización del espacio ficcional por parte del personaje principal de la obra. Al servirse del lenguaje de las relaciones espaciales, Julio Llamazares consigue mostrar la psicología y la vida del personaje. En este sentido, el espacio adquiere, más allá de un simple decorado, una proyección simbólica de degradación, asociada a la soledad cósmica y humana. De aquí que se produzca una relación inquebrantable entre el espacio y la soledad hasta que se identifican.
IV. Conclusión
En suma, con respecto a la estructura narrativa, la obra consta de veinte capítulos de extensión desigual, y todos ellos equivalen a parcelas de la memoria. Dice Nicolás Miñambres: “Sorprende que una obra tan breve como la de J. Llamazares presente una estructura literaria tan precisa, articulada mediante una serie de motivos, símbolos, tipos y paisajes urdidos con absoluta armonía”
(Miñambres 26). Además, resulta muy subjetiva la visión de los espacios. Por una parte, el espacio ficcional se encuentra adaptado a las obsesiones de Julio Llamazares con el leitmotiv de fondo de la degradación, la ruina y el acabamiento de su tierra natal, temas reiterados que pueblan las páginas. Por otra, los espacios aparecen descritos como una proyección del estado anímico del personaje principal. También funciona como un poderoso factor de coherencia textual, logrando con éxito insertar las alucinaciones en un lugar real que sirve como contrapunto para enlazar los espacios de la vigilia y del sueño. De este modo, el espacio sirve como un enlace entre lo subjetivo y lo objetivo, entre el exterior y el interior. En este sentido, el espacio no sólo deja de ser visto sólo como un escenario por el que se mueven los personajes, sino que consigue convertirse en un protagonista más de las historias. Por último, La lluvia amarilla es un gran glosario de la soledad. La forma de novelar poética de J. Llamazares refleja una manera singular de entender el mundo mediante una combinación del espacio y la soledad. Se trata de una obra literaria en la que el espacio es fuente de la soledad y melancolía. Por eso, aunque el espacio lo emplea el escritor para concretizar los sucesos de la trama, no por ello constituye exclusivamente una dimensión totalmente geográfica, puesto que el espacio de la ficción desarrolla la vida propia en el seno de la realidad literaria. Como afirma Miñambres, “La novela encarna, con una forma lírica sobrecogedora, todas las obsesiones rurales que el autor ha apuntado en sus libros de poesía, pero, lejos de caer en el provincianismo literario, la obra queda trascendentalizada que en ella recibe el problema de la soledad humana” (Nicólas 20).
En cualquier caso, se trata de una novela construida sobre un armazón espacial, pero que no asume meramente la función referencial, sino que se ve fuertemente literaturizado y, a veces cargado de simbolismo. El autor no sólo se vale del espacio para concretar los sucesos, sino que “opera desde una memoria, desde una actitud crítica y desde una intención, de forma que del encuentro de suyo -biográfico, ideológico y emocional- con el espacio, surge una realidad fuertemente ficcionalizada” (Celma Valero 11). De este modo, el espacio adquiere, mucho más allá de su valor referencial, una proyección simbólica tanto de la psicología de los personajes, como de la decadencia de la cultura rural española. El escritor se vale del espacio como eje que guía las tramas, y sobre el
que recrea toda la originalidad narrativa. Podríamos afirmar, a modo de conclusión, que el lenguaje preciso y poético de las relaciones espaciales de la obra contribuye a modelar y definir el estilo personalísimo de este escritor excepcional. Valiéndose de la expresión poética con sus redundancias y resonancias, J. Llamazares consiguió llevar a cabo una simbiosis perfecta entre el contenido y la estructura, una simbiosis capaz de plasmar con armonía y precisión el universo ficticio tan personal suyo, dotado de un sello inconfundible y original.
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